Saturday, September 26, 2009

"El Viaje"

Cuando abandoné el cuarto del hotel era ya de madrugada, un sabor a derrota me escocía la garganta, traté de dejar todo los recuerdos atrás y me dirigí a mi RAM Charger, ahora cruzar la frontera cuanto antes era lo único que importaba. Tenía que presentarme a trabajar al día siguiente. Mi único día de descanso lo había invertido en retomar mis antiguas correrías y sin embargo, todo era distinto, todo era como estar en suspensión, en espera de regresar nuevamente a mi antiguo oficio. Al acercarme a mi camioneta un tipo salió corriendo, cuando estuve dentro me di cuenta que me habían robado el estéreo. ¡Pinche suerte, ya nomás falta que me orine un perro!

Hacía más de tres semanas que habían agarrado al Monín y que tuvimos que bajar la intensidad del trabajo, no podíamos seguir operando a ese ritmo, debíamos hacer cualquier otra cosa hasta que la más insignificante nube de peligro se disolviera en el horizonte; fue entonces que el buenazo de Leonardo me preguntó si quería trabajar en el Seven Eleven, estaban contratando gente, me dijo, y quien quita me tocara. Decidí presentarme y a los tres días estaba preparando sándwichs y trapeando la tienda; el salario no era la gran cosa pero en tiempos de crisis lo primero que se asegura es la sobrevivencia.

En el Seven Eleven (una tienda de conveniencia como dicen los gabachos), el primer obstáculo que enfrenté fue la barrera del idioma, pero como siempre me ha gustado aventarme al ruedo, me pareció que entre mis compañeros de trabajo y yo había comunicación. Junior un samoano que era mi jefe en turno, me trataba con cierta consideración que yo agradecía y entre charla y charla se pasaba la jornada. Entrar a trabajar a las seis de la mañana, preparar café en chinga para que los adormilados clientes reciban su campanazo, ponerte detrás de la barra y despachar un croissant o un bagel eran las tareas habituales, sin embargo, lo más importante era que habría comida en la casa y además casa


Los días pasaban de prisa y ya sólo eran un recuerdo el tiempo que pasé en Centroamérica reclutando gente para llevarlos al sueño americano, una forma elegante de decir que casi cualquier cosa es mejor que permanecer en nuestros ranchos esperando que el hambre nos alcance.

La historia comenzó cuando Nacho, que estaba de paso por la casa rumbo a Los Ángeles para arreglar asuntos de negocios con Don Charvín me preguntó:

-¿No te gustaría ir a Centroamérica?-
Probablemente estaba yo adormilado, cómodamente apoltronado en la sala viendo la televisión, así que le contesté algo que interpretó como un sí.
Cuando se despidió me dijo:
- ¡Estamos hechos!, el martes nos vemos a las diez en el aeropuerto de Tijuana…
¡Bonita chingadera! me dije, ¡cualquier cabrón se siente con derecho de darme vacaciones…! Así que al día siguiente me dediqué a buscar ropa y hacer los preparativos para mi viaje.
Nacho y yo teníamos rato de conocernos, habíamos pasado como quien dice por las duras y las maduras, los dos nos independizamos a la par, él de su jefe Ovidio y yo de mi archirreconocido expatrón el tuerto; juntos habíamos hecho negocios llevando almas inocentes y no tanto al American Dream, habíamos pasado varios meses en la cárcel juntos, y le había servido de paño de lágrimas, cada vez que su vieja lo mandaba a la chingada; así que con tamañas confianzas me dije:

-Es tiempo de ensanchar horizontes, ya nada más me faltaría traer negros y asiáticos para ser un pollero internacional.
Reuní a los “compas” con quienes trabajaba y los convencí de lo importante que era ampliar el radio de acción para el negocio. Las condiciones se dieron y la Manzana podrida, Charlois, el Mono, Don Nick, Chicho, Benny y el Chiquillo de “motu proprio” consintieron mi ausencia.

Aquel martes el aeropuerto estaba hasta la madre de paisanos. Algunos de ellos tan desorientados que hasta para ir al baño necesitaban coyote. Nacho llegó enfundado en unas bermudas color plátano, unos lentes oscuros y una camisa floreada de color rómpeme la pupila, lo mejor de él era su risa ancha de indio purépecha y el brillo de sus ojos rasgados y sinceros. Se paró en medio de la turba y me gritó
- ¡Hey pinche wet back!
Yo me hice como que no oí porque aunque no era verdad lo de mi estatus migratorio, no dejaba de incomodarme, así que me acerqué y le dije:
-¡Órale cabrón, aparte de traerme de tu chalán todavía me insultas..!

Abordamos el avión como dos turistas que se aventuran por el ancho mundo, y el vuelo transcurrió sin mayores novedades, excepto por que Nacho tuvo la delicadeza de llamar a la aeromoza para decirle que el jugo de naranja estaba “un poco malo”, entonces le dije:
- ¡Que detallazo cabrón se nota que eres persona fina y educada, no le dijiste de plano que el jugo estaba malo, sino solo un poquito..!

Llegamos a la ciudad de México en un vuelo que fue placentero hasta que el avión inició su descenso, entonces vimos aproximarse, no el suelo, sino los techos de las casas llenos de trebejos y de ropa tendida y por más que buscábamos en el horizonte un clarito lo suficientemente grande para que el avión aterrizara no lo encontrábamos así que mientras me encomendaba a todos los santos pensé:

-¡En la madre, creo que voy a parar en medio de la sala de cualquiera de estas pinches casas arrabaleras…!
Antes de que me diera cuenta ya estaba sintiendo como las turbinas frenaban pegándome el lomo al asiento y rezando para que la pista durara siquiera lo suficiente para que el madrazo no me doliera tanto.

Bajamos en el aeropuerto de la ciudad de México y nos dirigimos inmediatamente a la Central de autobuses del sur.
Siempre que tengo oportunidad de dormir no la desaprovecho, algunos dicen que es mi forma de evadirme, otros más dicen que también es un tipo de vicio, lo que yo digo es que mientras que se pueda dormir hay que dormir, así que apenas abordamos el A.D.O me instalé en mi asiento y no desperté hasta que Nacho tocándome el hombro me dijo:

-¡Cabrón, ya llegamos, para eso de dormir nadie te las gana, con tus ronquidos traes a la mitad del pasaje en vela!

Agarramos nuestros tiliches y abordamos un taxi que nos llevó al hotel Posadas; posaderas dije yo, en el meritito centro de Tapachula, el hotel hizo honor a su nombre pues al ir subiendo las escaleras rumbo a nuestro cuarto un par de buenas posaderas subían contoneándose provocativamente justo frente a nuestros ojos. Entonces sentí que el clima cálido y el ambiente festivo de la ciudad reconfortarían de alguna manera mi trasijado espíritu.

Esa noche dormimos en medio de un calor insoportable, a la mañana siguiente nos dirigimos hacia ciudad Hidalgo para cruzar la frontera y entrevistarnos con el grupo que nos aguardaba y ultimar detalles para iniciar el largo viaje.


Al llegar al río me di cuenta que tendríamos que cruzarlo montados en cámaras de llantas infladas, era un transporte poco convencional pero práctico.
- Las fronteras son hechas para cruzarse- me dije yo, las maneras son amplias e ingeniosas…
Esa tarde estabamos bajo la sombra de una palapa disfrutando de una comida digna del mejor restaurante de la ciudad de México cuando Nacho me dijo:
- Espérame un ratito, ahoritita regreso.
Me quedé disfrutando la comida, atendido por un mesero que nada más faltaba me aplaudiera los pedos, por lo complaciente y servicial. Me gustó estar allí viendo pasar carritos tirados por bicicletas a manera de taxis de países subdesarrollados, sintiéndome en una atmósfera de relax sin imaginar que pronto tendría que pagar un precio. Nacho tardó más de lo esperado, sin embargo llegó muy contento y frotándose las manos me dijo:

-¡Excelente!, todo va muy bien, ya nada más estamos en espera de otra persona para completar el grupo y nos vamos. Nacho pagó la cuenta, dejó una generosa propina y nos marchamos.

Yo compartía su optimismo porque hasta el momento, como quien dice iba sólo de dama de compañía, gozando de las nuevas experiencias y de los nuevos lugares, esa noche rentamos cuarto en el hotel “Tecún Umán” y nos pusimos a ver televisión. Era Tarde cuando llamaron a la puerta, abrí y sin más ni más me preguntaron:
¿Es usted Ignacio García? Les respondí que no, que era mi compañero de cuarto.
Nacho que había estado escuchando todo se acercó cauteloso y preguntó:
-¿Qué se les ofrece?
- Somos de las corporaciones policiacas y tenemos una denuncia en contra suya, haga favor de acompañarnos. Le señalaron.

Nacho se regresó al interior del cuarto para tomar su cartera y salió, desde afuera me dijo que pronto regresaba.
Efectivamente pronto regresó pero con 500 dólares menos. Cuando ya estuvo en el cuarto me dijo:

- ¡Estos cabrones lo que quieren es lana!, y así son las cosas, -Pensé- para mañana los que van a querer dinero son los del otro lado.
Nacho me llevó a una casa en la había unas doce personas, todas de ellas animosas y optimistas, cuando Nacho preguntó:

­-¿Todo bien?
Le respondieron que todo estaba listo excepto porque aún esperaban a la última persona, que estaba por llegar
Nacho, visiblemente molesto les sermoneó:
- ¡Desde ayer ya debíamos estar en camino!, ¡por su culpa me bajaron 500 dólares y me dieron un paseo a las de a huevo!, ¡si para el momento del cruce no ha llegado, ya se fregó!, ¡Que la lleve su chingada madre!

Dicho lo anterior nos salimos de prisa, teníamos que ir de regreso a Tapachula a esperar que el guía hiciera lo suyo, no de gratis se le pagaban 20 dólares por cada pollo que ponía en el clavo, es decir en la casa de seguridad desde donde prepararíamos todo para evadir el primer puesto de control de migración en territorio mexicano.


Llegamos nuevamente a Tapachula por la tarde, nos dirigimos al Hotel las Posadas, para bañarnos y salir a comer, conocer un poco la ciudad y descansar. Al día siguiente muy temprano Nacho me dijo:

¿Tu que crees? ¿Llegó o no llegó el último pollo?
Le contesté que no, nomás por darle la contra, siempre he creído que la codicia rompe el saco y que mejor era no resistir al destino. Si no llegaba alguna razón habría. Después de tener una docena de pollos uno más o uno menos no iba a ser la diferencia. Salimos del hotel bien desayunados y abordamos un taxi
Nacho estaba muy contento, porque sentía que ya era hora de enderezar el rumbo y empezar a trabajar sin incidencias, pero yo le decía que esos eran los riesgos del trabajo, que como chingados quería andar entre la lumbre y no quemarse. El taxista nos escuchaba muy atento y de vez cuando nos dirigía una mirada escudriñadora por el espejo retrovisor, cuando llegamos a nuestro destino Nacho preguntó que cuanto era y pagó. El taxi se alejó muy despacito.
Tocamos en la casa de Doña Pachita. Después de esperar por unos minutos se escucharon unos pasos menudos acercándose a la puerta.

-¿Quién es?
Preguntó una voz apagada.
¡Soy yo Doña Pachita!, gritó Nacho.
- Es que está medio sorda, me comentó sonriendo.
Cuando la puerta se abrió nos recibió una ancianita de pelo blanco y chal negro enredado en la joroba.
Nos dijo: pasen muchachos los estabamos esperando.
Nos fuimos hasta el fondo de la casa. A medida que nos aproximábamos se dejaba escuchar una melodía cada vez más fuerte.
Atiné a decirle a mi amigo:
- ¡Parece que tenemos kermesse!
Cuando nos asomamos al cuarto, un grupo de personas se encontraban haciendo círculo aplaudiendo y moviéndose al ritmo de una canción muy popular.
No quisimos interferir con el espectáculo así que nos acercamos muy despacio para ver que era lo que los tenía tan prendidos.
Miré sobre los hombros de la concurrencia y entonces, se fue revelando la figura de una mujer de cabello ensortijado de un color negro profundo y una tez blanca como la leche, estaba concentrada bailando con los labios y los ojos entrecerrados, derramando voluptuosidad e hipnotizando a todos los presentes. Ninguno de los dos quisimos romper el momento con asuntos tan sórdidos como los que no habían llevado hasta allí. Así que fue hasta que hubo terminado sus evoluciones que hicimos notar nuestra presencia. Para ese momento ya hasta se nos había olvidado que era lo que íbamos a tratar así que Nacho solo dijo:
¡Que bien que ya estamos completos… con permiso!
Y se salió. Yo lo seguí hasta el patio y lo encontré debajo de un limonero
Estaba muy pensativo.
-¿Viste que cuero de mujer? me dijo
-¡claro buey! pues si no estoy ciego. Contesté.

Cuando salimos de la casa íbamos tan apendejados que no nos dimos cuenta de un tipo que trepado en una camioneta Blazer nos miraba detrás de unos lentes oscuros muy interesado. Cuando cruzamos la calle él se adelantó y nos cerró el paso, se descubrió la cintura para dejarnos ver una pistola y nos advirtió con una media sonrisa:

- Tranquilos muchachos. ¿A ver, que negocios los traen por acá?,

Nacho y yo nos miramos como diciendo:
¿En la madre y ahora que hacemos?
- Soy judicial- nos señaló, y ahora vamos a dar una vueltecita.
Sin dejar de vernos, nos indicó que camináramos hacia la camioneta y al llegar nos abrió la puerta del lado del pasajero y nos hizo pasar hasta el asiento posterior, se subió por el otro lado y puso el vehículo en marcha.

-¿Quién es el jefe? Preguntó a bocajarro.
Nacho muy seguro respondió
- Es él.
Ah chingaos, ¿A que hora me ascendió? pensé mientras que le buscaba la mirada.
El me hizo una seña de que todo estaba bajo control y que no me apurara. Era una situación muy incómoda, porque a la sazón yo no había cometido ningún delito y estaba tan libre de culpa como el que más, sin embargo, Nacho que era un cuete muy tronado no quería salir perjudicado y lo mejor sería negociar la mordida, con el riesgo de que ya entrados en aclaraciones me acusaran de complicidad. De cualquier forma jefe o chalán nada libró a Nacho de desembolsar otros doscientos dólares. En cuanto desembolsamos el tipo nos trató con tanta cortesía que casi nos sentimos entre familia.

Nacho, después del trago amargo, recuperó su buen humor y me dijo:

-¿Sabes que es la primera vez que pago mordida por otro güey? No le dije nada solo apreté los dientes y me dije para mis adentros: otra de éstas y me regreso a San Diego.

A la mañana siguiente ya estabamos haciendo planes, Nacho había comprado una camioneta chevrolet modelo 89 para realizar sus maniobras, solo que había un pequeño detalle, no sabía manejar; o al menos eso me dijo, cuando me propuso que el chofer fuera yo. Consciente de todo lo que pondría en riesgo le dije que en eso no habíamos quedado, que yo lo acompañaba a dónde quisiera siempre y cuando no me fuera a dejar a la buena de Dios. Yo estaba resuelto a no participar ni involucrarme directamente con sus negocios pues hasta el momento no se había mencionado nada de “cash money”, y como sabrán si no había billete de por medio tampoco había compromiso. Así que las cosas se quedaron en ciernes hasta que me dijo:

-¿Sabes qué…? esos quinientos dólares que me bajaron creo que van a ser mi mejor inversión. ¿Viste a la pollita? -Te propongo algo,- me dijo en tono confidencial como si en ese preciso instante se le hiciera la luz.
- De aquí a San Diego hay como tres semanas de camino y podemos organizarnos para que no las pases “solito”, yo te doy chance de que te ligues a la pollita y tú me ayudas en lo que se vaya necesitando…

No le respondí, ni un sí ni un no, porque consciente de que muchas cosas podían pasar de aquí a entonces decidí dejar todo envuelto en una nube de ambigüedad para que si las cosas se torcían yo tuviera un resquicio por el cual salir bien librado; además consideré que el no tenía mucho que ofrecerme porque en asuntos de mujeres no hay nada escrito y además dependería de lo que pudiera y quisiera hacer. Si la cosa era atascarme, por lo menos que hubiera lodo en abundancia

Por la tarde acercamos la Camioneta a la parte posterior de la casa de Doña Pachita y acomodamos a los doce cristianos, les echamos hojas de plátano encima para que no se vieran y nos dispusimos a partir. Doña Pachita se acercó hasta nosotros y nos dijo:

-¡Cuídense mucho mijitos, voy a rezar todas la noches por ustedes!

Nacho le dio un abrazo y le pagó 130 dólares, que la viejita tomó con agrado, los enrolló, hizo la señal de la cruz con ellos y lo bendijo; después los refundió en alguna parte de su marchito pecho.
Ya estaba yo al frente de volante cuando llegó Nacho tomando del brazo a la joven que faltaba, le ayudó a subir y solo me dijo:

- ¡Ahí te encargo! Y me volteó a ver cerrándome un ojo

Yo nada más pude decir -¡Hola..! ¿Cómo estás..? La chica me miró y me regaló una hermosa sonrisa.
Encendí la camioneta y nos pusimos en marcha.
Me sentí raro, para empezar una cosa era manejar en los Estados Unidos, en freeways de tres o más carriles, junto a miles de autos que te brindaban la seguridad del anonimato, y otra muy diferente transitar por carreteras en las que un automóvil era todo un acontecimiento, además una cosa era hacerlo por dinero y otra muy distinta por amor al arte; ¡para colmo! ir conduciendo al lado de una mujer tan atractiva me quitaba concentración y me provocaba un mal humor endemoniado. De estos lances se podía desencadenar mi desgracia. Lo sabía y sin embargo tampoco lo podía remediar. Siempre he dicho y lo sostengo mi filosofía de vida tiene que ver con la rentabilidad, y no sólo en términos económicos porque aún en el peor de los escenarios es mejor caer en una prisión federal de los Estados Unidos, donde al término de tu sentencia puedes salir en gran forma física, con licencia de conducir y diploma de educación básica; a estar refundido en las cárceles mexicanas en las que se trapea con tu dignidad, si es que te queda alguna. Es por ello que en términos de rentabilidad caer en esas circunstancias en desgracia era una fatalidad que no tenía ningún ángulo rescatable.

Un sabor amargo se iba apoderando de mi boca, la tensión comenzaba a engarrotarme las manos, mi mirada era huidiza y escrutadora; quería descubrir cualquier peligro antes de que fuera demasiado tarde.

Entonces sentí su cercanía, desde el contorno de su hombro hasta la rodilla, un calor que me reconfortaba y que fue afianzando la certidumbre de que pasara lo que pasara, nada de ello podría ser malo. Entonces por primera vez la miré a los ojos y toda mi desazón desapareció. Atiné a preguntar:

-¿Cómo te llamas?
Nulbia me respondió, con una voz queda y apacible.

Habíamos decidido que en un punto cercano a la revisión los pollos se bajarían y serían guiados por Nacho para eludir el puesto de revisión y nos reencontraríamos más adelante en un sitio seguro. Así, aconteció, solo quedamos a bordo de la camioneta la chica y yo. A partir de ese momento el único problema sería que en un rato de mala suerte te toparas con alguna patrulla, o retén militar; pero como siempre he pensado, uno debe de hacer lo que debe de hacer, lo demás es cosa del destino, y una vez que inicias la marcha el engranaje de la suerte también inicia la suya.

Llegamos al sitio acordado y ya nada más era cuestión de esperar a que Nacho hiciera su labor. Decidí esconder la camioneta y bajar a buscar un sitio cómodo para descansar. Le dije que podía hacer lo que quisiera, ya fuera permanecer en el vehículo o acompañarme. Decidió quedarse. Me encaminé hacia un árbol frondoso que prometía aliviarme del bochorno del mediodía, me acosté y puse mi cachucha sobre mi cara. Comencé a repasar mentalmente todo lo que había sucedido, instintivamente sacudí la cabeza como para espantar un mal presentimiento. He creído que cuando la sensación de que ya la tienes hecha te atrapa el destino se apersona y te cambia la suerte. Como quien dice del plato a la boca se cae la sopa. Decidí no pensar en el futuro ni invocar ninguna amenaza por miedo a convertirla en realidad, mi mente empezó a divagar y de pronto, con una gran nitidez apareció ella, dibujada en mi imaginación como una estampa de deliciosa ensoñación haciéndome olvidar dónde y qué estaba haciendo. Fue en ese preciso momento en el que las ideas se disparan y se rompen los hilos que te mantienen atado a la realidad que sentí la misma calidez pegada a todo lo largo de mi costado y sólo por un instante, en el que sueño y realidad fueron equivalentes, no pude discernir que era qué. En medio de mi sopor escuché que una voz nos llamaba. Me levanté como impulsado por un resorte aún abrumado por la sensación de estar soñando, cuando miré hacia dónde me encontraba, ahí estaba ella, dormitando con aquel gesto que yo ya conocía.

Nacho llegó presuroso, chorreando gotas de sudor entonces le dije:

¡Órale mi cabrón! ya ve que no es lo mismo mamar que ser mamado.
El soltó una carcajada y me preguntó:
-¿Qué lo dices por alguna cercana experiencia? Entonces volteó hacia donde se encontraba la chica. Capté su mirada picaresca, me sentí incómodo y me sonrojé. A partir de ese momento ya me había jodido, ya no tendría tranquilidad. Mi humor estaría irremediablemente ligado a la risa, a la tristeza, al enojo de unos ojos negros y una boca sensual.

Subimos todos a la camioneta en medio de una algarabía que me incomodaba. La chica se colocó en medio, yo conduciendo y Nacho en el asiento del pasajero, salimos del escondite y tomamos el camino pavimentado, si todo salía como hasta ese momento en unas cuantas horas más estaríamos en la ciudad de Oaxaca, cómodamente instalados en la pensión que nos aguardaba, quizá me buscaría un buen hotel y dejaría que la tensión se diluyera con un buen baño y una deliciosa comida. La mayor parte del camino permanecí callado conduciendo tranquilamente, queriendo dar la impresión de que éramos un grupo de trabajadores agrícolas que se dirigían a sus labores habituales. La chica ocasionalmente tocaba mi codo, mi pierna, el vaivén del vehículo me permitía sentirla próxima, cálida, turgente. Nacho se dio cuenta el cambio operado en mí y sobre nosotros cayó un ambiente de gravedad que contrastaba notablemente con la relación que hasta ese momento habíamos llevado.
Cuando llegamos a la pensión, en la ciudad de Oaxaca, nos salió a recibir el encargado, un tipo de corta estatura y sobrada simpatía que le decían el Pimpón, se alegró tanto de vernos que a Nacho no sólo le dio un gran abrazo, sino que deslizando su mano le dio unas palmaditas en dónde termina la espalda. Nacho regocijado de haber superado los primeros obstáculos del camino le dijo:

- ¡Para eso son! ¡Pero se piden!

Los muchachos fueron bajando uno a uno de la camioneta y fueron conducidos a las habitaciones que habrían de ocupar, al final quedamos la chica y yo. Entonces decidí que lo mejor era distanciarme un poco, tomar las cosas con calma y regresarme a San Diego. Hasta el momento Nacho no me había hablado claro, estaba asumiendo riesgos que no tenían su correspondiente compensación. Le comenté que hasta ahí llegaba mi labor y que para experiencias ya había tenido bastante.

Ella ignorando olímpicamente mi comentario me dijo:

-¿Sabes? necesito comprar algunas cosas… Con la rapidez que me vine no pude traer nada. ¿Podrías llevarme?
¡Lo dicho!, ya estaba jodido, Me hubiera gustado poder decir no, hacer mi maleta y huir para San Diego, sabía que de ahí no podía resultar nada bueno. La mezcla de placer y trabajo en condiciones límite no produce sino desgracias y más tratándose de una mujer que es el elemento más corrosivo que conozco en eso de minar lealtades y torcer compromisos. Pero ya había comprado boleto desde el mismo instante en que la soñé, porque, como ustedes ya sabrán, lo más cercano a el ideal amoroso se encuentra en los sueños, fuera de ahí, lo instintivo y a veces hasta lo grotesco es guía de nuestras más bajas pasiones. Así que no tuve más remedio que decirle que sí, que iríamos en el momento que ella dispusiera.
Fuimos al centro de la ciudad y anduvimos deambulando entre las calles atestadas de gente, sin que yo entendiera que clase de artículos pudiera necesitar. Por fin descubrió una tienda que al parecer tenía lo que tanto buscaba.
- ¿Me acompañas? Me preguntó
- Está bien le respondí. Ella se perdió entre los estantes y después de un tiempo que me pareció excesivo apareció con una prenda entre sus manos. La extendió ante mis ojos y preguntó.
-¿Te gusta?
Como no habría de gustarme era un precioso neglillé negro, breve a más no poder y translúcido como el aire.
- ¡Me encanta! Respondí.
Nos encaminamos hacia la caja, pagué y salimos rumbo a la camioneta. Abordo me armé de valor y le pregunté

¿Qué quieres conmigo?
La pregunta era demasiado directa. Pero yo ya no tenía alternativa. Me comenzaba a sentir en desventaja, se habían mudado de sitio mis prioridades, se había modificado la brújula interior que marcaba como norte mi propio beneficio acercándose peligrosamente a los dominios del corazón.
Desde el principio quedé desprotegido y vulnerable, quizá por no haber llevado la óptica de la ganancia. Los márgenes de maniobra en esas circunstancias se habían reducido.

-Lo que tú quieras- respondió, cargando la mirada de muchas intenciones
Tomé el volante y comencé a manejar. Me detuve en un motel denominado el Olimpo. Bajamos, me registré, nos encaminamos al cuarto número 17. Al llegar me aventé sobre la cama, ella se dirigió al baño. Se comenzó a escuchar el agua cayendo de la regadera y Nulbia comenzó a entonar una canción. Su voz era melodiosa y era un gusto escucharla cantar, Recordé que alguien me había dicho que las personas que cantan en la regadera son felices. Me deleité con su interpretación y cuando terminó aproveché para hacer una llamada. Contando ese día eran cinco que había salido de mi casa. Levanté el auricular y me contestó la recepción. Solicité línea para hacer una llamada de larga distancia internacional. Me contestó Charlois, su voz me sonó distinta, pensé que se debía a la distancia y a la baja calidad de la señal.
¿Que ondas y profundas, Charlois? ¿Cómo están por allá? No contestó a mis preguntas sólo me dijo:
- ¿Sabes qué?, que bueno que llamas, ponte trucha con lo que dices porque hay pájaros en el alambre…
(Me decía que el teléfono estaba intervenido)
- Agarraron al Mono anteayer y es mejor que te vengas. Las cosas están calientes y tenemos que decidir lo que vamos a hacer.
No me dio tiempo de decir ni pío, colgó y me dejó sumido en un torbellino de sensaciones. ¡Lo dicho! En este negocio nunca sabes el terreno que pisas.
Cuando la chica salió del baño, ya sabía lo que pasaba

- Malas noticias ¿Verdad?
Sí, agarraron a uno de mis socios. Le dije
- Las cosas se pueden venir difíciles. Es necesario que vaya. Tenemos que decidir que es lo que vamos a hacer…
En ese momento no había tiempo para filosofías baratas. Urgía una pronta evaluación de los alcances de ese incidente. Me imaginaba por dónde podría venir y era cuestión de averiguarlo. Teníamos los contactos, y dependiendo del rumbo que tomara el proceso en contra del Mono sabríamos a que atenernos... Por lo pronto había que pagarle al Míster Brown una corta feria para que empezara a hacer sus pesquisas.
En eso estaba cavilando cuando la chica me volvió a preguntar
¿Y lo nuestro?
Momento; - pensé yo- lo nuestro no existe todavía y más vale que aquí no pase nada. Si las cosas se ponen difíciles lo que menos quiero es más complicaciones. No me siento en condiciones de lidiar con tantos frentes a la vez. Además el destino o la suerte se están manifestando de nuevo y no voy a contravenir sus señales.
Por eso preferí decirle que lo nuestro podía esperar un poco, que lo mejor era que ella estaba en camino y que cuando estuviera cerca de la frontera yo personalmente la recogería etc. etc.
En ese momento sentí reencontrarme conmigo mismo, regresar a las coordenadas básicas que definían mi accionar. Las crisis hacían revivir nuevamente mi espíritu guerrero. Ante ello, los caprichos o las trampas del amor eran un lujo que debía esperar para mejores tiempos.
Eso pensé y quizá más tarde lo lamentaría.

Llegué al aeropuerto de Tijuana ese mismo día por la noche, tomé un taxi que me llevó directamente a la línea fronteriza la crucé y abordé el trolley. Me bajé en la avenida Palomar y de allí directamente a casita en el 3050 de la Main street. Charlois, la Manzana podrida, Benny, Chicho, Don Nick Todos los que no estaban en la cárcel estaban en casa, pensativos aún por lo que había pasado.
Cuando llegué me recibieron con un gusto un tanto apagado.
¿Qué pasó?
Fue lo primero que pregunté.
- No sabemos de bien a bien, el Mono únicamente se ha comunicado dos veces y nada más ha dicho que estemos alerta.
Charlois se incorporó del sillón en el que estaba recostado y se encaminó hacia la ventana, apartó la cortina y dijo:
- Puedes mirar, en aquel claro - me señaló- hay un auto. Ha estado ahí desde la aprehensión del Mono, suponemos que es un agente y que están cubriendo nuestros movimientos.
-¿Contactaron a Míster Brown?…
- Lo hemos intentado; pero no hemos podido. Su esposa nos dijo que no está en la ciudad.
Míster Brown, o Pancho Pérez que eran la misma cosa era un cabrón de nuestro rancho que había hecho carrera como soplón de la policía y que a la sazón tenía el cargo de investigador en asuntos migratorios para el condado de San Diego. En aquel tiempo nos traía fritos con el mentado expediente denominado “Los charros” que era ni nada más ni nada menos que miles de horas de investigación con cargo a las agencias federales y que había acumulado cientos de hojas de información pero ningún detenido. Era el petate del muerto que salía a colación siempre que necesitaba dinero. Se trataba de investigaciones que se hacían siguiendo el hilo conductor de las bandas regionales que se integraban por afinidad, por parentesco, o ya de plano por ser del mismo rancho. Así el expediente de los Charros gravitó sobre nuestras cabezas durante mucho tiempo y nadie supo de él más que por boca de Míster Brown quien era un tipo que vendía información a quienes como nosotros estabamos precisados de ella y a la vez hacia caer en desgracia a quienes estaban fuera de su manto protector anotándose sus buenos puntos ante las autoridades migratorias. Negocio redondo con ganancias por todas partes. Era muy difícil saber cuan grave era el problema. Lo más importante era determinar si la detención era producto de una investigación, de un rato de mala suerte o de un infame dedazo.
El teléfono sonó y me levanté a contestarlo
¿ Hello?
- ¿Que pasó mi cabrón?, - dijeron al otro lado de la línea
- ¿Como estuvieron sus vacaciones?
Era el Mono, le reconocí de inmediato la voz
-No como las que te esperan… – Contesté.
Fui demasiado sarcástico y de inmediato sentí como le bajé la moral a mi querido Monito.
- No se apure- le dije, (porque de alguna manera había que consolarlo), vamos a ver que hacemos para sacarlo del hoyo. Nomás no se me achicopale... Quería, a pesar de todo, sonar convincente.
Por lo pronto, - continué diciendo - hay que contactarle a su abogada para que vaya estudiando el caso y ya sobre la marcha vemos que es lo que se puede hacer.
¿Dónde estás? Pregunté.-
- Aquí en San Diego, en el M.C.C. (metropolitan correctional center)
- Está bien, por lo menos quedaste cerquita. Mañana voy a visitarte para que me platiques como estuvo la cosa…
Colgué lentamente el teléfono, se iniciaba una larga y desgastante batalla. Me dolía saberlo jodido, pero también sabía que tanto va el cántaro al agua hasta que revienta. Lo rescatable era que mi cántaro todavía no tenía ni un rasguño. Tomé nuevamente el teléfono y marqué, me contesto doña Cuquita, compañera de toda la vida, y fiel y amantísima esposa, del mencionado Pancho. Fiel no obstante los recurrentes devaneos de su esposo.
-¿Está mister Brown?, pregunté, haciendo uso de los títulos formales para no dar pié a confianzas fuera de lugar, - Un momento por favor, me respondieron. A través de la bocina se escuchaba el sonido del televisor, después de un rato, alguien tomó el teléfono y carraspeó para aclararse la voz.¿ Aló?- Dijo-
Soy yo, -contesté.- Me urge platicar contigo, te veo en media hora en el “Palomino Star”. Él sabía que la cosa era delicada, sino no le hubiera llamado a su casa y tampoco le hubiera casi ordenado que nos entrevistáramos. - Está bien allí nos vemos. - Dijo y colgó.


Al día siguiente me alisté para cumplir con el sagrado deber de visitar a los caídos, íbamos a platicar largo y tendido, para saber a qué atenernos.

El freeway 5 es una maravilla, es el camino que atraviesa al imperio. Lo tomé a la altura de la calle Main en Chulavista y me dirigí hacia el norte. San Diego es una chingonería pensé; tiene mar, tiene montaña, tiene desierto, y tiene a México. ¡Sí! es verdad a tan sólo quince millas al sur está Tijuana, con sus calles rebosantes de colorido y estruendo, el lugar dónde todo o casi todo es permisible. Es a este paraíso de libertad a donde se encaminan diariamente miles de gringos, que se atreven a tocar los bordes de una nación que se troca en callejones oscuros que solo pueden transitarse desde la seguridad del grupo: eficiente escudo contra los malvivientes que pululan alrededor de la calle Revolución. Es al norte de la “Revo” dónde verdaderamente comienza a condensarse el sueño de estar en el otro lado, es la “Cahuila” la antesala del inframundo y el peldaño inexcusable para el gran salto. Es el “brinco” un viacrucis, que pone a prueba la firmeza y determinación del migrante, la prueba que califica a los más aptos.
Mi pensamiento regresó a la carretera cuando un gran letrero anunciaba mi destino: state street 1 mile; abandono el carril de alta velocidad y me aproximo a la salida. Llego a el semáforo en verde y doblo a la izquierda, cruzo sobre el puente, de allí es ya nada llegar hasta el centro y doblar nuevamente a la izquierda. Es jueves, día de visita, el estacionamiento está muy disputado. Dejo mi jeep a tres cuadras del edificio federal y me encamino hacia la recepción. A mi paso una fila de personas entre las que destacan las mujeres hermosas esperan que les llamen. Los narcos las escogen bien –me digo para mis adentros -. Llego al mostrador y entrego mis identificaciones, me indican que tome mi lugar en la fila y espere a ser llamado. La fila se va haciendo corta y pasan mucho tiempo antes de que mencionen mi nombre. Me hacen pasar a un vestíbulo, en el que me marcan la mano izquierda con una tinta especial, visible sólo bajo la luz ultravioleta. Me dan el paso, acceso hasta el elevador y un guardia de color me acompaña hasta el octavo piso.
Es curioso, - reflexiono- pero a los negros les encanta ser celadores, quizá como una manera de seguir anclados a la esclavitud, solo que ahora son ellos los encargados de mantenerte confinado, aunque es una mera ilusión, igual pasan diez horas encerrados contigo. La puerta se abre y da paso a una pequeña habitación con una mesa, varias sillas y dos cámaras de vigilancia. La espera es breve, otra puerta se abre y aparece el Monín, escoltado por otro celador. Miro a través del resquicio que queda abierto y alcanzo a distinguir un amplio salón con una mesa de billar y una televisión.

El Monín no oculta su alegría, me incorporo y lo recibo con un fuerte abrazo, sin poder disimular la emoción que me embarga. Viste un overall de color naranja. Nos sentamos junto a una de las ventanas. Le señalo que desde ahí se divisa mi jeep, el “yellow one”, parece un juguete, con sus grandes llantas y ese color tan especial que hace el no mirarlo casi imposible.

-¿Que pasó?
- Me agarraron en Pala. Comenzó a decir
- Ya lo sé - Le respondí- acabo de estar con Míster Brown, y me dijo que ya tuvo acceso al reporte del oficial que te aprehendió y en él se menciona que te vio por casualidad, pues en el trayecto a su trabajo, según su versión, te miró en una gasolinera cargando combustible y te reconoció por que ya te había detenido en una ocasión, así que decidió seguirte para ver que chingados andabas haciendo. Menciona que te vio cuando bajaste al pollo de tu carro y se lo entregaste al Chiquillo para que se lo llevara, después los siguió por el freeway 15 hacia el norte, hasta Escondido que fue dónde te le perdiste. El agente dio parte a la garita de Temécula para que detuvieran la camioneta del Chiquillo y a ti te encontró de pura chingadera, en Pala cuando por pendejo te detuviste a orinar. Todo eso lo dice. También menciona que no te resististe y que de inmediato te declaraste culpable. El Monín me miraba con una cara desolada, esperaba que le llevara buenas noticias y no que le sacara sus trapitos al sol.
-¡Pero si tú mismo me dijiste que cuando me agarraran no la hiciera de pedo!, me dijo en un tono un tanto quejoso, así que para aclarar las cosas y seguir en un plano cordial, le dije:
- una cosa es que aceptes que estás perdido y otra muy diferente que te bajes los pantalones. ¿Que no te leyeron tus derechos? ¿No recuerdas esa parte que dice que todo lo que digas puede ser usado en tu contra y que tienes el derecho a permanecer callado? ,
- Pues sí - me respondió -, pero me lo dijeron en inglés… Okey, (está bien) le dije, por lo menos puedes alegar que no le entendiste. De cualquier forma, voy a contactar a tu abogada para que empiece a trabajar en tu caso.
-A como veo las cosas... Continué diciendo, lo que debemos hacer es negociar con la fiscalía una pena no tan colgada, basándonos en el hecho de que no tenían una orden de aprehensión contra ti. ¿Y sabes qué? siempre que hay un dedazo los pinches investigadores se la sacan de la manga, y como no pueden ir con sus jefes diciendo que su tarea se la realizan las bandas rivales, ni se pueden quedar calentándose las nalgas en las oficinas esperando que les llamen para darles pitazos, sacan esas mamadas de los encuentros accidentales. Y a como veo las cosas, pudo haber sido mucho peor. Nada más imagínate que hubieran llegado a la casa cuando estuviera repleta de pollos. ¡A todos nos carga la chingada!…
Si el pedo no venía del lado de los charros lo sabríamos en el momento en que le cayera la Julia a don Charvín.
-Por lo pronto estamos de gane, mi Monín… Esa detención ha sido ilegal. En lo que respecta al Chiquillo se la va a tener que jugar solito. Por lo pronto ya tenemos con que negociar. Me quedé pensando tratando de entender cuales eran las implicaciones y armar una estrategia en consecuencia. El más grande obstáculo que habríamos de sortear era que el pinche Monito se había bajado los pantalones y desembuchado la neta. Por otro lado su antecedente lo ponían en una mala situación. El tiempo se había agotado. Entró el guardia y le indicó al Monín que se levantara, nos dimos un fuerte abrazo y nos despedimos. Le dije que no se preocupara que todo saldría bien, que no dejara de llamar por teléfono. Bajé por el ascensor. Afuera comenzaba a oscurecer, me dirigí hacia mi vehículo y desde allí hice una señal de despedida. Desde alguna de las ventanas, de ese inmenso edificio, el Monín me estaba mirando. Lo sabía.
Hice el camino de regreso, sabiendo que habría de recorrerlo en muchas ocasiones más, y que era necesario decidir el futuro inmediato.
Llegué a casa con los ánimos por los suelos y expuse la situación. No había muchas alternativas, así que unas vacaciones forzadas no nos vendrían mal, era la táctica adoptada en tales circunstancias. Las opciones eran claras: seguir trabajando con la gente de Don Charvín con el riesgo de que sí esa línea de trabajo estaba segura podríamos acarrearle problemas o; como la prudencia aconsejaba, hacerse ojo de hormiga hasta que la tormenta amainara. Por lo pronto tenía que quedarme a apoyar al Monín con el objetivo inmediato de sobrevivir a cualquier costa hasta verlo transponer las rejas. Don Nick, tenía nada más una duda ¿Quién le iba a pagar lo que se le adeudaba de brincos y levantones? Ahí tuve que explicarle que lo que el Mono instruyera eso era lo que se iba a hacer, que yo era como su brazo derecho y que dadas las circunstancias, se procedería a organizar todo de la mejor manera. En ese momento no me pareció que algo se fuera a salir de lugar a no ser que el Mono aprovechando lo revuelto del río decidiera desconocer lo que entre ellos habían acordado. Si en ese momento hubiera podido ver el futuro me hubiera deshecho de una deuda moral de más de cinco mil dólares que me perseguiría con notable obstinación durante el curso de los siguientes diez años. A Don Nick no le gustó la respuesta pero no tenía de otra. Tenía que confiar en el Mono, si eso fuera posible.

Benny tenía rato intentando pegarle a otro negocio. Una de sus múltiples conquistas lo animaba para que se asociaran. Sin duda sería su próximo movimiento, así que cuando le tocó manifestar su decisión nada más dijo que por lo pronto iba a tomarse un buen descanso y ya después vería lo que haría. Chicho y Don Nick decidieron regresar con sus familias en México y la Manzana Podrida me pidió de favor que le prestara mi jeep para llevarse un arco y una escopeta a su rancho. Le pregunté que si llevaba algo más para su familia, y me contestó que no, que su esposa ganaba 14 mil pesos por quincena, y que ni calzones le llevaba, porque cuando llegaba le estorbaban para darle la bienvenida. Así que después de la plática que sostuvimos sólo Charlois, decidió quedarse hasta lo último.
Ese día por la tarde me comuniqué con Micaela, la abogada que en más de una ocasión había llevado la defensa de los miembros del clan caídos en desgracia. No sé que le gustaba más si el trato con vaquetones como nosotros, o los billetes verdes, libres de impuestos que se echaba a la bolsa con nuestros infortunios.
Acordamos vernos en El Burguer King de la calle tercera y Palomar en Chulavista. Llegó puntual a la cita, su Mercedes Benz color mostaza, le sentaba bien al color de su pelo, era una irlandesa que tenía un cierta proximidad con los paisanos, acaso la religión o quizá el afán en común de perseguir los billetes verdes, o el hecho de provenir de una minoría que sufrió las de Caín eran, los factores que nos acercaban. Sea cual fuere la razón esa tarde estabamos frente a frente. Micaela se mostró presurosa en concluir el convenio Así que sacó un contrato de su portafolios y nos lo dic para que, Charlois y un servidor, lo leyéramos y firmáramos de conformidad. En él se estipulaban infinidad de cosas de las cuales dos eran las que a ella y a nosotros nos interesaban. La primera: que se comprometía a defender al Monín con lo mejor que tuviera y la segunda; que nosotros nos obligábamos a pagarle a cambio de ello cuatro mil quinientos dólares. Por lo apresurado del convenio olvidó poner que la suma sólo amparaba lo que durara el proceso, excluyendo cualquier apelación. Se percató de ello y sintiendo que las cosas se estaban cargando a nuestro favor sacó una pluma y de su puño y letra salió de manera express la corrección pertinente. Lo leímos nuevamente y pareció estar complacida así que lo firmé y de entre mis ropas extraje la cantidad. Era un fajo de dinero que le encendió la mirada, pude ver la ansiedad para contarlos pero se reprimió, les dio vuelta y los observó de cerca y por todos lados, con un aire de recelo les pasó los dedos para comprobar su autenticidad y finalmente ante lo público del sitio se decidió a guardarlos en su bolsa de mano. ¡Sin contarlos! Nos levantamos los tres y nos despedimos. Por último desde el auto y casi a gritos nos comunicó:
-¡El señor Joe Piña, mi auxiliar, estará en contacto con ustedes siempre que lo necesiten! Sin duda llevaba prisa. El mercedes mostaza, retrocedió, viró hacia la derecha y arrancó alejándose majestuosamente sobre la avenida Palomar en dirección al freeway 5.
- Le urge contar el dinero- dijo Charlín que se había dado cuenta de todo.

Estaba esa mañana trabajando como de costumbre desde que se inicio la debacle, confeccionando unos sanwiches cuando se acercó Junior y me dijo

- ¡Hey man you got a phone call!, Le di las gracias y me encaminé hacia la pequeña oficina situada en la trastienda.

¡ Hello! ¿May I help you? Dije. Al otro lado de la línea una risa burlesca me hizo sospechar que se trataba de una broma. Me enojé y dije ¿Quien jijos de la chingada es?
Era Nacho, y lo primero que me dijo fue: - Adivina quién está junto a mí y quiere hablarte….
No era necesario ser psíquico para saberlo, era Nulbia y yo también quería saber de ella. No había tenido mucho tiempo para pensarla, la velocidad de los eventos la habían dejado relegada a un pequeño rincón de mis pensamientos y sin embargo la sentía como un nudo inmenso en mi corazón que era indispensable enfrentar con toda mi lucidez y vitalidad.

Un breve silencio se hizo. Estaba cargado de sentimientos. Las primeras palabras apenas salieron balbuceantes.
-¿Cómo estás? Pude decir
- bien. ¿Y tú? me contestó.
- Más o menos, ¿Para cuando están por acá? Dije
- Pronto, ya estamos cerca de la frontera. Precisamente Nacho quiere hablar contigo de eso.
Hubiera querido decirle muchas cosas, retomar el último momento en el que estuvimos juntos y darle continuidad a nuestra historia, pero no pude, el tiempo, las circunstancias, otra vez las malditas circunstancias estaban presentes, cortando los hilos de nuestros destinos para no dejar que se entrelazaran nuevamente. Estabamos divididos por una frontera. Intuía que las cosas que habían pasado nos distanciaban aún más.
- Pásamelo, te cuidas, un beso. Adiós.
- Adiós- me contestó y se hizo un silencio, sentí que algo más se debía hablar. Ojalá un día fuera posible hacerlo
-¿Que ondas mi Nacho, como te encuentras?
- No tan bien como tú pero ahí la llevo.
- ¿Donde están?
- En sonora, pronto vamos a cruzar la garita de San Luis Río Colorado
- Como quien dice ya chingaron. Aseguré
- Ni creas, las cosas se han puesto muy duras, ya se batalla lo indecible para llegar a la frontera, todos quieren su tajada y los que no, te la ponen peor de difícil. Me ha costado un huevo y la mitad del otro llegar hasta aquí. Vengo bien ciscado, y hasta la madre de torear con tanto pinche policía. ¡Este negocio ya no deja!
- ¡No te hagas el sufrido cabrón!, si bien que tienes tus ahorritos, tu afore para el retiro como tú le llamas.
- Pues sí; pero ya nomás llego a los Ángeles y ahí le paro. Ya quiero tener una vida más reposada, ver crecer a los chamacos…
Cada vez que Nacho se ponía sentimental yo me ponía en guardia, nunca en todo el tiempo que lo traté llamó para saludar o saber como estaba, siempre lo hacía cuando necesitaba algo o cuando te quería pedir dinero prestado, así que estuve dándole largas a la conversación para que por lo menos el favor no le saliera de gratis. Cuando después de un rato Nacho no se habría de capa de plano le dije:
- Ya suéltala Nacho ¿qué se te ofrece?
Esta vez lo agarré fuera de lugar y no tuvo más remedio que confesar sus intenciones.
-¿Sabes? el último atorón está en San Luis, es el único lugar al que le tengo miedo y…
-¡Y qué! quieres que yo te brinque los dos únicos obstáculos, el primero en Chiapas para meterlos a territorio mexicano y el último para sacarlos y en el trayecto ¡tú nomás gozándola mi chingón! Le interrumpí
- Ya sé que estás trabajando… - prosiguió en su tono lastimero- y que atraviesas momentos difíciles, pero ¡deveras!, el último pedo está en San Luis, ¡tú lo sabes! Es más; ahí no vas a hacer nada, solo chequéame, si la garita está funcionando. Había pensado que yo me puedo bajar en el paradero que está antes de la revisión cuando hace escala el autobús y tú nomás me avisas si puedo pasar. Luego tomo el siguiente camión y nos vemos en Tijuana para darte las gracias.
El plan no me pareció tan descabellado y como abrigaba la ilusión de reencontrarme con Nulbia decidí preguntarle ¿Para cuando piensas estar por acá?
En dos o tres días, depende de cuando me envíen más dinero. Estoy varado esperando a que me refaccionen. Voy a necesitar de ir bien pertrechado por lo que se pueda ofrecer.
Está bien, contesté, tú me llamas cuando tengas todo en firme y ahí nos vemos. Iba a colgar cuando el me dijo:
¡Espera!, ¿Sabes qué? Si todo sale bien te espera tu recompensa y colgó.
No me dejó preguntar que tipo de recompensa, pero conociéndolo de tanto tiempo seguro estaba que no habría de ser en metálico.


Los días corrieron de prisa y cuando después de una jornada de trabajo llegué a casa, en sábado por la noche, ya tenía mensaje. Nacho se había comunicado dejando la hora y las coordenadas del lugar en el que quería nos encontráramos. Hice los cálculos necesarios para organizar mi itinerario y me acosté. Tenía que estar descansado para la maniobra. Mi único día de descanso tendría que vérmelas con el chamuco.
Salí desde muy temprano, el viento traía una brisa de playa con un fuerte olor a mar, el rocío se condensaba sobre el parabrisas de la camioneta. Tomé el freeway 805 norte hasta hacer conexión con el 8 este, mi destino sería Caléxico para después cruzar la frontera y bajar hacia el sur hasta San Luis Río Colorado, en lo profundo del territorio mexicano. Llegué a Mexicali todavía oscuro y a San Luis en las primeras horas de la mañana. Aún era muy temprano así que decidí desayunar y dar un paseo por los alrededores. Percibí en la ciudad un aire de desconfianza o era quizá mi estado de ánimo que me hacía sentir observado. Llegado el momento subí a la RAM Charger, con su poderoso motor 440 y su distribuidor Mallory de doble punto, sentí al pisar el acelerador como si una gran confianza se apoderara de mí y pudiera desafiar cualquier trampa del destino. Pasé por la garita y nadie estaba siquiera en las inmediaciones,
- Es mi buena estrella me dije para mis adentros. Seguí devorando millas yendo hacia el sur, sintiendo la adrenalina correr por mi cuerpo y una tensión que hacia los minutos interminables. En el horizonte, un letrero que decía “El Edén restaurant” se fue haciendo visible, disminuí la marcha y giré el volante hacia mi lado izquierdo. Penetré en el estacionamiento lleno de polvo y piedras. Apagué mi vehículo a un costado del edificio y me bajé a buscar a Nacho. Nacho acababa de llegar y se alegró de la sincronía que tuvimos. Me senté en su mesa y le dije que podía pasar sin pendiente, la garita no estaba en funciones. A Nacho se le iluminaron sus ojillos rasgados y en su sonrisa brilló lo blanco de sus dientes Eché una mirada en derredor y pude identificar a cada uno de los miembros de su grupo, mi vista se detuvo cuando descubrí a Nulbia sentada de perfil tomándose un refresco. Ella no quiso voltear a verme y así lo comprendí, en ese momento regresé al motivo fundamental de mi presencia.
-¿Ya están listos?- Le pregunté a Nacho
- Sí. Ya nada más esperamos a que llegue el próximo camión para abordarlo.
Estuvimos un rato platicando y durante todo ese tiempo no dejé de curiosear si Nulbia me miraba. No sabía que sucedía, quizá nuestro momento había pasado y más valía dejarlo de ese tamaño. En ese pensamiento estaba cuando por la puerta principal entró un grupo de gente buscando el mostrador unos, para comprar algo que mitigara su hambre o su sed, otros se dirigieron hacia el baño. En ese momento le dije a Nacho:
- ¡Órale mi Nacho!, es su camión. Échele ganas y buena suerte. Nacho le hizo una seña a los miembros del grupo y se incorporaron y se fueron encaminando hacia el andén. El y Nulbia fueron los últimos en desaparecer por la puerta. Yo estaba, saboreando una rica cerveza, buscando algo en que detener mi pensamiento, algo que no fuera la chica cuando vi que Nacho entraba nuevamente en el restaurant y tras él, toda su comitiva.
-¿Qué pasó? Le pregunté alarmado
Nacho un tanto confundido me dijo:
- ¡El chofer no quiso subirnos, ni siquiera aceptó que le diera mordida!
- ¿Cuánto le ofreciste .- pregunté
- trescientos dólares
- ¿Sabes? Aquí hay bronca, -intuí- si no te los agarró es porque puede hacer mas lana de otra manera...
-¿Cuál crees que sea? Nacho estaba tan apendejado que no podía comprender que nos iban a denunciar y probablemente venderían los pollos a otra banda para llevarlos a su destino y ganarse todo el billete sin haber invertido ni un dólar en el viaje.
Así que les dije,
- ¡súbanse a la troca en chinga porque no tardan en caer los judiciales!…
Salimos por la puerta lateral sur y los fui acomodando lo mejor que pude, apenas terminó de abordar Nacho cuando una camioneta suburban, blanca y con los vidrios polarizados llegó levantando una nube de polvo. Se bajaron dos tipos que entraron apresuradamente al restaurant. Arranqué la camioneta y me dirigí hacia la carretera. Al llegar al asfalto dudé, ¿hacia el norte? ¿Hacia el sur? quizá la sensación de que hacia el sur tenía más camino por recorrer antes que me atraparan me decidió a tomarlo, así que giré el volante a la izquierda y aceleré hasta el fondo. Viajé por espacio de quince millas forzando al límite mi vehículo y en una brecha que se abría apenas detrás de una pequeña colina decidí salirme y ocultar la camioneta entre los arbustos, Después me bajé y me acerqué a la orilla de la carretera. Me apoyé sobre mis brazos, tendido boca abajo para que no me descubrieran y esperé. No pasó mucho tiempo cuando volví a ver a lo lejos a la suburban, que pasó junto a mí como una exhalación. Cuando la vi perderse en el horizonte salí de mi escondite y corriendo me subí a la camioneta. Arranqué nuevamente y al llegar a la cinta asfáltica torcí el volante a mi izquierda para tomar la carretera hacia el norte. Hundí el acelerador hasta el fondo. Tenía que alejarme lo antes posible del área de influencia de esos federales, imaginaba que no darían parte a otras corporaciones porque iban aguijoneados por el afán de agarrarnos para realizar su propio negocio. Manejé como alma que lleva el diablo por espacio de media hora y poco a poco fui bajando la velocidad, calmándome y sintiendo que a cada momento estaba mas seguro. Nacho ya más relajado comenzó a articular palabras. Todavía

no salía de su asombro y no dejaba de repetir la manera en que habíamos escapado.
- ¡Pinche madre apenitas la libramos!; ¡Que suerte tienes cabrón!; ¿pues a que santo te encomiendas?
Yo traía la boca seca y la sed me quemaba la garganta pero seguía concentrado, afianzando el volante con la vista fija en el asfalto. La confianza lentamente me iba invadiendo Atrás dejaba el estrés y sentía por fin un gran alivio. No podía echar las campanas a vuelo, no todavía. Cuando llegué a Mexicali pude por fin convencerme que en esta ocasión la suerte había estado de mi lado.
-¿En donde te tiro? Le pregunté a Nacho.
- En la central de autobuses respondió
Hacia allí me dirigí, entré lentamente en el estacionamiento y procedí a bajar disimuladamente a los pasajeros. La última fue Nulbia, estaba abriendo la puerta cuando Nacho se lo impidió y le dijo:
- Tú te vas con él. – Ella lo miró sorprendida
- Te va a llevar a un hotel en Tijuana dónde podrás estar más cómoda y luego yo los alcanzo.
Nacho me llamó aparte y me dio indicaciones del lugar a dónde debería dirigirme y para finalizar me dio una palmadita en la espalda y me dijo:
- ¡Suerte matador!

El gran Nacho estaba feliz sentía la proximidad de los Estados Unidos de Norteamérica, y con ello los dólares que le causaban una enorme fascinación. Su encomienda estaba a punto de concluir. Ya nada más era cruzar la frontera y ahí terminaba su responsabilidad. Dejaba de ser el guía del grupo. Los riesgos para él a partir de ese momento se reducían a nada, era el momento en el que entrábamos nosotros al relevo. Nacho viajaría a partir de entonces en calidad de pollo y nuestra labor comenzaba al levantarlos (como se le conoce a la maniobra) en las inmediaciones de los tubos del drenaje.
El rumbo de San Ysidro era el sitio predilecto de Nacho para cruzar la frontera. Era todo un espectáculo ver emerger de las profundidades del desagüe una hilera de entacuchados marchando disciplinadamente hacia la troca y luego, inexplicablemente para cualquier posible testigo, verlos desaparecer ante sus ojos devorados por un vehículo que no tenía las dimensiones para contenerlos. Era la magia de la multiplicación de los espacios, la necesidad de pasar desapercibido y de encogerse al máximo biológico permisible para acceder al mundo de las oportunidades. Ya habría tiempo para pavonearse, para mostrar un caminar anchuroso, pero por el momento la consigna era viajar clavado (escondido) y de contrabando. Sí de contrabando, y hasta Los Ángeles el paraíso de todo indocumentado.

Los Hoteles del centro de Tijuana son sórdido albergue para migrantes y prostitutas, hace mucho que vieron sus mejores años, sin embargo son un excelente comienzo para iniciarse en las duras condiciones que prevalecen al intentar cruzar la frontera. Llegamos al hotel “Mandarín” ubicado en la calle tercera y apenas a media cuadra de la Revolución. Estacioné la camioneta y le indiqué a Nulbia que me acompañara. No habíamos hablado durante todo el trayecto y a esas alturas parecía que no tendríamos mucho que decirnos. Me registré en la recepción, pagué y subimos al cuarto
Me dispuse a esperar al Buen Nacho cómodamente instalado, sin embargo cuando me acerqué a encender el televisor, Nulbia me detuvo y me dijo:

- Tenemos que hablar.
Esperaba ese momento, sin haberme atrevido siquiera a imaginarlo. ¿Hablar? ¿De qué? Las cosas habían regresado a su posición original, teníamos tan poco en común y cualquier cosa que nos hubiese acercado no era suficiente para amarrar nada, ni siquiera la promesa de volvernos a ver. El afán de dejar nuestras propias miserias nos había impelido en busca del norte y su cauda de espejismos.
Cuando te encuentras ensimismado en dar fin a tu alocada carrera poco cuestionas la validez de lo que persigues; eso nos pasó y me volvería a pasar una y mil veces. El trafique no es el lugar ideal para amalgamar dos corazones. Eso y más sentía y quería decirlo con el ánimo de que me convencieran de lo contrario. En ese momento no podía poner en juego ningún recurso que me salvara de descubrir mis sentimientos. Lo sabía porque así son las cosas cuando te encuentras enganchado a una mujer. Así que opté por callar y dejar que ella hablara.

- Nacho… –comenzó a decirme, apenas me dejaste en Michoacán insistió en cortejarme y aunque traté de aguantar hasta volver a verte, la esperanza se fue haciendo nada, así que llegó el día en las cosas tuvieron que suceder…
- Él creyó que no te volvería a ver hasta llegar a los Estados Unidos, pero nadie quiso ayudarlo para pasar el último tramo. Así que no tuvo más remedio que hablarte sabiendo que tenías deseos de volverme a ver. Soy como una especie de pago por tus servicios - dijo.
No podía mirarla a los ojos, la realidad era demasiado amarga, sólo sabía que no era lo que hubiera deseado y que en tales circunstancias lo mejor era salir de ahí, con la poca dignidad que me quedaba. Si tales eran las cosas no le daría a Nacho el gusto de gratificarme de esa manera. No podía tomar algo que no me había podido ganar a mi manera.
Le dije:
- toma esta tarjeta, en ella está el teléfono de un amigo. Él te puede cruzar y llevarte hasta tu destino…
Tomó la tarjeta y la miró. Dudó en conservarla, pero después de un breve instante se la guardó decidida. -Me voy- tengo que regresar para presentarme a trabajar. Lo dije no muy convencido y ella se dio cuenta. De aquí nada más voy a salir perdiendo - pensé.
Ella quería que me quedara. Lo vi en sus ojos, pero más valía dejar las cosas así. ¿Para qué enredar más el asunto? Abrí la puerta y la miré por última vez. Me sentí confundido, con la rabia de no poder definir lo que sentía. Cuando cerré la puerta. Me di cuenta que ya no había regreso, que tenía que seguirme de frente. Bajé las escaleras imaginándome dónde me gustaría estar cuando todos las broncas se hubieran sosegado. Quería rodearme de pensamientos agradables para no permitir que el nudo en la garganta me nublara la vista. ¿Que tal unos días en la playa, con mi jeep el “yellow one” y la moto de tres ruedas montada en el remolque?, o quizá regresar a mi rancho y seguir cortejando a mi sacrosanta novia, de quien se rumoraba que éramos varios los que gozábamos de sus favores.
Siempre me pensé a manera de imagen ideal apostado a la orilla de la plaza del pueblo, tranquilamente recargado contra mi flamante pick up y vestido con mis botas vaqueras y un sombrero Stetson de innumerables equis. Quizá, este fuera el momento de hacerla realidad. Cuando salí del hotel el aire de la madrugada me golpeó el rostro, a lo lejos se escuchaba todavía el ruido de la fiesta interminable. Respiré hondo como para llenarme de valor y aguantar lo que viniera. El Charlois y yo, teníamos que ver libre a nuestro querido Monín y habríamos de sobrevivir a cualquier precio todo el tiempo necesario para ver las aguas regresar a su cauce. Sin duda llegarían mejores tiempos. Metí la mano en el bolsillo y sentí las llaves de la Ram. Las apreté con todas las fuerzas de que fui capaz en mi puño cerrado y entonces una inmensa confianza en el futuro empezó a apoderarse de mí. Me sentí liberado de un gran peso, un estremecimiento que atribuí al aire frío me recorrió la espalda y me dirigí hacia mi vehículo: la Ram Charger que pese a todo era lo único que invariablemente, se había mantenido fiel.

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